Todas las noches me siento en la PC y busco a María de las Flores Pútridas. Como el amputado que siente el cosquilleo de la pierna faltante, como el perro de Pavlov que saliva al oír la campana: así busco a María.

Ese día fatídico, un fino hilo de su telaraña quedó prendado de mi dedo meñique y, cuando sus agudos dedos se mueven, la vibración de su asquerosa tela de araña llega hasta mi meñique. Es así como que se está moviendo.

Cómo dos neuronas que al rozarse vibran al unísono, es así como sé que se está moviendo.

Y vibramos a la par, y volvemos a estar en el mismo universo.

-Te conozco, María, más que nadie en este mundo, te conozco-

El aroma empalagoso de su veneno.

Las redes asfixiantes que su estupidez construye en torno a esos a quienes pretende retener.

María dice “amame” porque no sabe amar, no conoce la abnegación.

María despierta de su letargo y el fino hilo atado a mi dedo, vibra.

Vibra y me enloquece.

Entonces me siento todas las noches en la PC a buscarla.

-Cuando te encuentre de nuevo, María, te mato-

 

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