Soy algo tan, tan pequeño.

Soy estos huesos pequeños bajo el piyama holgado.

Soy estos ojos hinchados de llorar.

Mi cuerpo se siente tan, tan exhausto.

Tan relajado.

Hecha bola en un rincón de mi habitación, balanceo despacito mi cuerpo.

-Sana, sana, Polita maraña-

Hace unos minutos el mundo era insoportablemente pesado sobre mis hombros y ahora me siento liviana, como si cada partícula de mi ser flotara en aire.

Estoy tan dentro de mí, tan fuera de mí.

Veo a mi padre entrar en la habitación con dos hombres vestidos con ambos. El más pequeño me hace preguntas. Siempre el que hace preguntas es el psiquiatra. Siempre el de contextura física imponente es el enfermero.

No, yo no estoy acá, esto no está pasando.

Dice: ¿Qué pasó?

Sé que no estoy comprendiendo las cosas, me es tan difícil hilar un pensamiento.

Solo logro decir: No puedo dormir.

Los hombres hablan entre sí, mi padre asiente con la cabeza.

Se ve tan, tan triste.

Sus ojos están tan llenos de impotencia y yo estoy tan vacía de todo.

El hombre más grande me toma en brazos y me acuesta en la cama.

Me duele el cuerpo y no logro recordar porqué.

El hombre pequeño abre un maletín lleno de drogas, lleno de agujas y jeringas, lleno de cuidados paliativos para mi corazón de alfiletero.

– Si no sana hoy, sanará mañana-

Me levanto y voy al comedor, mi madre está doblando la ropa, al verme da un pequeño grito.

Dice: “Pola te levantaste, no te escuché”

Me abraza, llora, me pregunta como estoy.

Estoy bien.

Despierto para ver los destrozos que causé en los ojos de mi familia.

Despierto para llenarme de indignación y matar a Wen.

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