Como todos los santos domingos de su vida, Pola se encontraba sentada en la mesa de la casa de sus abuelos maternos después de la iglesia.

El padre de su madre gobierna a la familia desde la cabecera de la mesa, mientras los tíos de Pola hablan de lo interesantísimas que fueron las palabras que el padre de su madre blandió desde el púlpito en la iglesia.

El padre de su madre permanece en silencio.

El padre de su madre es un hombre de pocas palabras.

Las mujeres sirven la mesa, primero se sirve al padre de su madre, luego a los hombres, luego a los niños para que no se pongan inquietos, por último las mujeres.

Siempre, por último, las mujeres.

Polita, con sus trece años, mira fijamente su plato de canelones. Siente calambres en el vientre. El dolor es agudo, punzante. Busca con los ojos a su madre, que todavía se encuentra metida en la cocina.

Los otros niños, sus primos, se burlan de ella, como cada domingo. Cada palabra que sale de su boca pareciera ser, de alguna forma, inadecuada y por lo tanto se convierte en motivo de burla. Sus tíos cada tanto le lanzan una mirada de desdén.

– ¿Qué hay de malo en esa niña? ¿Por qué es tan extraña?-

El padre de su madre posa su mirada sobre ella, el padre de su madre dice: “¿Por qué no comés?”

Pola está cada vez más tensa, el dolor se intensifica, miedo y dolor se cuecen en su vientre.

-¿Acaso estoy enferma? ¿Voy a morir? ¿Qué me pasa?-

El patriarca insiste: “Mirá a tus primas como comen, ¿Por qué no sos como ellas?”

Sus primas, sus estúpidas primas, que van a convertirse en mujeres sobrias y recatadas, que van a estudiar sólo para mantenerse ocupadas y vírgenes hasta que encuentren un marido y luego se van a dedicar a parir y criar más hombres, de forma que este patriarcado se extienda por los siglos de los siglos, amen.

Es tan, tan irritante.

Pola dice bruscamente: “¡No lo sé!”

Todos en la mesa se callan, se les atora la comida, sus miradas pasan de la incredulidad a la desaprobación en un instante.

Pola se levanta y huye al baño, el único puto lugar de la casa donde puede refugiarse.

Se baja la bombacha y se sienta en el inodoro. Su bombacha blanca de niña, con dibujos de diminutas florcitas.

Su bombacha blanca de niña manchada de sangre.

Pola observa el rojo carmesí, se quita la bombacha de entre las piernas, las acerca al rostro, la huele.

-Así es como huele ser mujer-

Una sensación diferente se apodera de ella. Ahora es cuando todo comienza. Ahora que puede concebir, ser como sus primas, demostrarles que es adecuada.

Mientras vuelve a ponerse la bombacha y la llena de hojas de papel higiénico cuidadosamente acomodadas, se dibuja por primera vez en su rostro de señorita, una media sonrisa.

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