Llego a mi casa al mediodía.

Llego con la cabeza resacosa y el perfume de Tian Tian en la piel.

Llego con un mensaje de Wen en mi celular que dice: “Estoy en la puerta de tu casa”.

Lo veo sentado, cabizbajo, sé que lleva horas ahí.

Me paro frente a él y digo: No hay derecho.

Me mira confundido.

Digo:“vos me rompiste el corazón, ¿Qué esperás ahora de mi corazón acá sentado?

Permanece sentado.

Permanece con la cabeza gacha.

Permanece impotente.

No, no hay derecho.

Dice: ¿Te acostaste con él?

Mi mandíbula se tensa. Esta maldición con la que cargo de ser siempre la criatura asesina.

Le respondo con el rostro duro, inmutable.

Digo: Por supuesto que me acosté con él, Wen.

Se levanta, me mira con ojos de llanto ahogado, le sostengo la mirada fría, impenetrable.

Dice: Entonces no hay nada más que hablar.

No, no hay nada más que hablar.

Se va.

Permanezco unos minutos en la puerta hasta que veo por el rabillo del ojo que dobló la esquina.

Tomo las llaves con las manos temblorosas.

Entro en la casa, me siento en el suelo y rompo en llanto.

Esta inmundicia de matar lo que se ama.

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