Observé tiesa el papel que había encontrado en el bolsillo de Wen.

La letra redondeada que le envidiaba a las otras nenas en la primaria dibujaba un “Te quiero Wen”, tan circunstancial como fuera de lugar. Lo primero es el miedo, lo que sigue es la ira, lo último es atragantarse de miedo y de ira.

Crece la certeza de que, pronto, voy a tomar el toro por las astas y torcerle el destino.

Probablemente lo que más me molestó es que esta vez fuese una Virginia cualquiera y no una María, nuestra María, la que hiciera tan atroz aparición.

Es que mientras yo le doy de comer en la boca a Wen y me rasco a María, él se da el lujo de cometer este error, este muy estúpido error que le va a terminar de costar la vida y no le ganó ni un polvo.

Porque Virginia es una raza típica de oficina: una calienta-pija que lleva tanto tiempo de novia como de cornuda y, en definitiva, lo único que le interesa es marcar un territorio que no tiene ahí donde hay otra, por puro amor a la histeria berreta.

¡Por Dios! ¡Yo misma he consolado pobres novios de Virginias que me rezaron a mí los rosarios que ellas les colgaron de los cuernos!

Y esto, esto claramente es una Virginia. Y si esto es una Virginia, esto es Pola rechinando los dientes.

Y esto es, también, Wen no viendo lo que se avecina y por alguna razón su ignorancia me genera un placer perverso.

Porque después de todo, Pola hija de puta infeliz de mierda, querés que él sepa exacto lo que se siente morir con la añadidura del efecto sorpresa ¿No es verdad?

Querés, niña perversa, que él sufra lo que sufriste vos. Pero el punto ni siquiera es que sienta dolor en sí, sino que deseas secretamente que él sienta como vos, sea como vos, respire vos y no Virginia, ni María de las Flores Pútridas, ni nada fuera de vos.

Virginia por delante debido a que dolió más por insubstancial e innecesaria (todas esas razones por las cuales una supondría que dolería menos pero vos estás loca Pola y no hay que suponer nada). Porque una María te la acepto, hay historia, pero una Virginia es una bajeza imperdonable.

Pola susurra: Que Virginia tan contundente que me pegaste.

Pola dice: Atrevete a decir Virginia.

Pola dice: A que me entere Virginia.

Pola grita: Dale que te mato, Virginia.

Virginia es un disparo que te estás gatillando en la cabeza.

Me la podrías haber ahorrado.

Ahora el gatillo lo aprieto yo.

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