Las noches pegajosas del verano son perfectas para la cacería, las esencias son más intensas y dejan su rastro en la humedad del aire. Pola fuma como una chimenea mientras relee las cartas de María de las Flores Pútridas. El destino conoce y desconoce la justicia.

Es necesario delinear patrones de conducta, estructuras psicológicas, mecanismos de defensa. Es necesario también comprender porque esas cartas tan viejas, tan cursis que Wen nunca se molestó en leer a Pola le duelen de una manera tan física.

La cacería está en los dientes. Todo lo que entra pasa por los dientes, todo lo que sale pasa por los dientes. Pendeja kamikaze corriendo hacia ella a la velocidad de la luz, destajándose en el camino, como un destino que María de las Flores Pútridas no podrá eludir.

El acecho es terriblemente metódico. Pola aporrea el teclado, agusana la PC de María, busca y busca y siempre encuentra más de lo que se buscó. Entonces se paraliza de miedo (¿A qué?), tiembla, corre al baño, vomita.

Demasiada información.

La vomita a ella, a María de las Flores Pútridas y sus cartas cursis y pegajosas como el patético verano del dosmillaputaqueteparió. Su mierda de mundo ahoga a Pola, la ahoga en la garganta convertido en un vómito ácido. La materialización de las esencias.

Corridas al baño, caminar en círculos, murmurar, rascar, asimilar la nueva información, reordenar los patrones, reorganizar el universo.

El rechazo es una emoción terriblemente física.

Y aun así, la omnipresencia, el espejismo del control, verla toda y en todas sus formas.

Ahora Pola sabe por seguro que María de las Flores Pútridas también la está cazando, que la locura se baila de a dos, que a María también le pica y todavía se rasca.

El cenicero se llena de cigarrillos, el brazo se hincha de tanto rascarlo, esta es Pola corriendo hacia y escapando de: el inevitable hecho de que está escrito en sus destinos que vuelvan a cruzarse.

María de las Flores Pútridas, eterna intrusa, cree que habla con Wen, pero habla con Pola.

Pica-pica, rasca-rasca, quiere saberlo todo y Pola miente para que nunca, nunca sepa nada. La omnipresencia es un lujo.

-Voyeur, voyeur-

María no sabe que todas sus claves, todas sus cartas, cada mail en su casilla, todo se encuentra desparramado en el escritorio de Pola y por lo tanto sus mentiras fueron develadas incluso antes de que las pronunciara. La omnipresencia es una ventaja.

Pola dice: Carajo, esta vez sí que estoy del tomate.

Se vislumbra la posibilidad de matar en ella lo que no pudo matar en sí misma.

-Tomato, Tomato-

Cada movimiento de la mano de María de las Flores Pútridas amenaza todo lo que Pola construyó. La idea no la deja en paz. La idea no la deja dormir.

Es difusa pero persistente. Cada vez más grande, cada vez más lógica, cada vez más imposible de ignorar y esta cacería compulsiva reclama sacrificios cada vez más ridículos como un dios caprichoso que no se cansa de humillar.

La idea va a tragarse a Pola, y en un desliz extraño, dos locuras espejadas generan un microclima donde todo esto tiene un sentido y una finalidad.

El feedback es la madre de todas las racionalizaciones.

Y Pola, Pola es la madre de todas las perras.

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