Me acurruco.

Con él soy una niña frágil.

Me acurruco, lo beso, le beso el rostro, el cuerpo, el sexo.

Todo él me gusta.

Su pelo largo y marrón sobre mi rostro.

Su ojos suplicantes.

Su boca entreabierta.

Dice: Pieta.

Y lo recibo en mi cuerpo, lo acomodo en mi cuerpo, contengo su existencia.

Todo es intenso.

Mientras está dentro de mí, no puedo dejar de mirarlo a los ojos, nunca en mi vida me sentí tan desnuda. Entonces acaricia mi rostro mientras arqueo mi espalda porque mi cuerpo sigue mi corazón y siempre, siempre había sido de otra forma.

Se queda cerca mío, me busca los ojos, su cara a centímetros, su respiración en mi respiración, más cerca que todo, la tensión entre nuestros cuerpos, sus estocadas cada vez más fuertes, sus ojos que no me dejan escondite alguno, su cuerpo en mi cuerpo, el espejo que es su rostro, mis ojos también suplican.

Susurro: voy a acabar.

Sale de dentro mío, pero se queda cerca, tan cerca que puedo sentir su miembro apretado contra mi vientre. Mientras mi cuerpo siente las oleadas del orgasmo no dejo de ver su rostro y él no deja de ver el mío, su boca abierta hace un gesto de dolor: un quejido.

Siento su semen tibio sobre mi panza y  cae a mi lado, con su rostro muy cerca del mío, los ojos cerrados mientras me acaricia.

Los ecos del orgasmo siguen vibrando en mí.

Soy el cordero, quiero serlo para siempre.

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