Cuando llega, le beso todo el rostro.

Sentada en el pasto entre sus piernas, me siento pequeña y me hago bola en su pecho.

Hablo, con palabras entrecortadas y conceptos difusos, hablo.

Fragmentada e incoherente, le cuento mi historia con Wen.

Pero él entiende.

Mi estado de shock.

El llanto angustiado.

El cuerpo tembloroso.

Los ojos perdidos, en otro lado hace meses, años, siglos.

Lloro, después de meses, en sus brazos.

Tal vez eso era lo que hacía falta, un refugio.

Un Búfalo es un lugar seguro donde desarmarse.

Me besa, me consuela.

Dice: Nunca te lastimaría.

Le creo porque cuando estas devastada no te queda más opción que creer en algo, entonces elijo creer en él.

Dice: ¿Querés pasear?

Digo: No, quiero ir a tu cama.

En el colectivo, sentada en su regazo, cada uno lee un libro. Pienso que el mundo es perfecto, que todo está bien, que por primera vez en mi vida estoy en el momento adecuado, en el lugar indicado.

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