Los dedos se mueven autómatas por el teclado de la oficina.

En su mente, el humo, el embotamiento, el Perro.

Sus mandíbulas mastican lo impredecible.

Nada existe fuera del espacio que se abrió entre el Perro y Pola.

Famélica de él, lo habita.

Los datos corren en la pantalla, los dedos en el teclado.

Es casi un estado de meditación hasta que-

En su casilla, una carta, la respuesta del Perro.

Pola se congela.

De terror y de deseo.

Cada palabra de su carta, certera.

Invoca las flores, invoca la muerte, invoca todo lo de ella que estará por siempre más allá del teclado de una oficina y los datos en la pantalla.

Toca todos los botones correctos de su mente porque tienen la misma mente.

Entonces Pola, sumisa como un cordero, en domingo de resurrección deja su escritorio, toma el colectivo y se sienta en una plaza a esperarlo.

Nada se puede hacer contra ese instinto, nada desea más que la presencia del búfalo.

Espera sentada, sin sacar el libro que tiene en la cartera, ni escuchar música, solo espera dentro de su propia mente embotada, rumiando las ansias, deseando la muerte.

La interrumpe un ciego que pide limosna, busca unos billetes, él toma sus mano, las toca.

Dice: “Tenes manos amables ¿Puedo tocar tu cara? Quiero verla”

Pasa sus manos sobre el rostro de Pola.

Pone el pulgar en su frente y la bendice.

El mundo es extraño desde la aparición del búfalo.

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