El viernes llego a su casa con un bolso de ropa para dormir.

Su habitación está impecablemente ordenada y llena de objetos extraños perfectamente acomodados.

Pequeños adornos viejos, cds de bandas, libros. Es un conjunto de objetos bastante común, pero la forma en la que están acomodados y la combinación resulta extraña, inquietante. Es como si fuese un anciano en el cuerpo de un niño de veintiún años.

Sin embargo, me siento increíblemente cómoda en esa atmósfera.

Tal vez sea porque los espacios ordenados me tranquilizan. O tal vez porque yo me siento anciana y cansada.

Pueden ser también debido a las horas que pasó preparando ese espacio para recibirme, que ahora mi ser se acomoda perfectamente en ese rincón oscuro que contiene toda espesa, su esencia.

Cada objeto tiene su lugar, hay un lugar par mi.

Hablamos de libros, los dos leemos mucho, los dos leímos Bukowski. A él le gustan sus novelas, a mi su poesía. El viejo se convierte en nuestra estrella y sus poemas, la materia de nuestros afectos.

Me recuesto en la cama y se recuesta a mi lado.

Dice: sabía que ibas a mirar el techo por eso le saqué las paletas al ventilador, porque tenía tres y deberían ser cuatro.

Me lo dice casi como un reproche y me hace reír a carcajadas y me gusta todavía más por ser tan considerado y tan demente.

-Mi monstruo te adora-

Entonces se levanta, toma su bajo y empieza a cantarme canciones de Extremoduro.

En sus canciones, los gallegos hablan de amapolas y sexo, drogas y muerte y siempre, siempre es un pobre tipo enamorado de una flor.

-Puedo ser tu amapola-

Repto en la cama y me hago bola en torno a su cuerpo.

Soy la boa constrictora que va a romper cada hueso de su cuerpo para devorarlo mejor.

Digo: dejá eso y besame.

Soy una pobre criatura famélica de caricias.

Me besa y su beso es tan extraño y hermoso como él, me besa con los labios, con ternura infinita, me besa con los ojos abiertos, inmensos de entrega mirando fijo los míos. Me besa con la inocencia de un niño y es tan intensa su súplica, tan descarnado e inocente que tengo que alejarme porque, de nuevo, me toma por sorpresa.

Es como verse al espejo.

Me acomodo en la cama y él se acomoda encima mio. Acaricia mi frente, besa mi rostro.

Sé detiene y me mira, no entiendo esa mirada en sus ojos.

Como un gato que escupe una bola de pelos atorada, dice: “Te quiero”

Le digo: te creo.

Baja por mi cuerpo dejando pequeños besos a su paso hasta poner su cabeza entre mis piernas entonces, besa y  muerde sobre mi ropa hasta que digo:

“No voy a coger, soy una princesa, las princesas nos casamos”.

-Siempre tan jodida esa trinchera a la que llamas “vagina”-

Entonces, la mirada limpia de amor que es, siempre es, un hombre controlándose para no hacerte daño.

Meto la mano bajo mi bombacha, tomo con los dedos la miel que escurre mi vagina y le dibujo bigotes en su cara de Perro enamorado.

Digo: No es que no me calientes.

Pasa la lengua por sus labios y me sonríe.

Digo: Tal vez no soy una princesa, soy un monstruo.

Tomamos cerveza, hablamos, nos besamos y acariciamos, sosteniendo por horas, por siempre los cuerpos calientes y deseantes, hasta quedarnos dormidos abrazados.

En ese cálido y pequeño mundo seguro que es su cuarto, donde podemos ser dos niños.

Dos niños que se conocen desde siempre.

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