Un lienzo es un espejo.

Desnuda, frente al lienzo también desnudo, nos observamos.

-¿Qué nueva criatura eres?-

La mente embotada, vuelta sobre sí misma. El mundo físico se vuelve totalmente irrelevante. Necesito una forma.

Una nueva Pola, un nuevo torso para mi.

Pintar es una conversación con el subconsciente. Doy vueltas frente al lienzo como un gato enjaulado. Soy el vaivén del trance, soy algo que necesita salir del encierro. La figura es una escena sucediendo en mi cabeza compuesta por partes de mi que buscan armonizar de algún modo, devenir en algo.

Pongo el lápiz sobre el lienzo. El subconsciente depositado en el cuadro, extracorpóreo, me dicta sus líneas.

Esta vez el torso blanco no tiene cabeza, es todo pecho, todo sentir.

Blanco, rojo, negro.

Busco los potes de pintura, me precipito con los pinceles mal lavados como un amante adolescente que no puede controlarse. Soy la serpiente que devora su propia cola ¿Qué hay en este cuarto que no sea yo?

Tomo el cutter y corto el lienzo en el centro del pecho. Abro el tajo y con los dedos le doy la forma de una vagina abierta: esto es ser mujer.

Todo lo descarnado, todo lo doloroso, todo lo profundo e insondable.

Una mujer es algo en lo que te adentras.

Las manos delicadas de uñas negras apoyadas como quien exhibe su herida.

Una herida también es ser mujer.

Busco y busco entre los papeles y materiales, porque se que una mujer no es, jamás, un hueco vacío.

Sentada en medio de la habitación moldeo una por una: mis amapolas.

Le lleno el hueco de amapolas rojas de papel.

Esto es: la entrega.

Doy vueltas, la observo, le hago retoques. No sé cuántas horas pasaron.

No comí, no dormí, no oriné.

No puedo detenerme hasta que este fuera de mi cabeza.

Y cuando termino, la observo, recién traída al mundo, una criatura extraña a mí que salió de mí. Ahora puedo verlo con claridad.

Ser mujer es ser una herida que vomita amapolas.

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