Mis cruces tan pesadas, tan aplastantes, durante tanto tiempo que llegué a olvidar lo liviana que podía ser la vida.

¿Lo supe alguna vez?

Miro al pasado y sólo veo un mar de cadáveres, todos mis rostros perdidos, las versiones de mí que tuvieron que morir. Las versiones de mí que el monstruo habitó.

Tantas batallas que el concepto de ganar o perder ya no existe, solo existe sobrevivir.

En algún momento de ese proceso me convertí en este pequeño cuerpo, que por si solo luce tan frágil que tengo que cubrirlo de tachas y cadenas para salir al mundo. En el fondo sé que estoy furiosa conmigo misma por no haber sido suficiente. Fallé estrepitosamente en ser una esposa normal, con un peinado normal, hijos normales, palabras normales metidas en el hocico.

-Siempre fuiste la mala semilla-

La noche esta fresca, los borcegos se sienten bien en la vereda anónima. Puedo ser quien quiera ser. A mi paso, escucho gatas en celo que maúllan, penan de deseo y yo, yo también deseo cosas en esta noche. Deseo algo así como pertenecer. Deseo algo así como no estar sola. Deseo algo así como ser.

Como ser, he sido una imbécil, intentando huir de ese destino aterrador de no ser esposa. Siempre me aterró lo que sí podía ser.

Llego a la puerta del bar y se siente como mi casa. Me paso las mañanas en una oficina donde no encajo, vivo con una familia en la que nunca encajé, intente vivir una vida en la que jamás encajaría.

Pero en este lugar, en este antro, habitan: todos los monstruos.

Eufórico en mí, mi propio monstruo, golpea las paredes de mi pecho. De todas las zorras en este antro, soy la inmaculada. 

-Estás exacto donde mereces-

Abro la enorme puerta con una media sonrisa y veo al Perro, mi monstruo siamés, mi amado compendio de patologías, sentado en la barra leyendo un libro. Me cuelgo de su cuello y le beso todo el rostro.

Me siento libre.

Mi carga se desvanece.

No hay deber ser.

Pertenezco a este mundo de criaturas rotas, mentes torcidas, destinos fútiles. Pertenezco a esa sonrisa con dientes de cachorro lobo y esos ojos enormes y psicóticos que son como dos planetas enormes a cuyo magnetismo sucumben estos huesos.

Cada momento de mi dia no es más que un preámbulo para llegar a este momento donde le beso el rostro y me lleva a su cueva para devorarme de a bocados.  

Soy la criatura más descarnada.

Me embriago de cerveza barata, de besos, de palabras susurradas.

Soy la criatura más genuina.

Lo hallo todo en esos instantes, todo lo puro, todo lo bello, la vida.

Soy la criatura más inocente servida en una bandeja de plata.

Debo estar cometiendo una estupidez enorme.

Su desnudez.

Su desnudez y la mía.

Voy del bar a su cama y de su cama al bar.

Vivo para ser devorada.

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