Después del sexo, el Perro me lleva al baño y llena la bañera.

Después del sexo quedo tan frágil y descarnada.

Mete su mano en el agua para asegurarse de que no esté demasiado caliente. Busca las toallas y las acomoda encima de la tapa del inodoro. Ordena de forma alineada las botellas de shampoo y busca un cuenco.

Me observa parada, desnuda frente a él que me mira.

Toma uno de mis senos.

Dice: Vamos a bañarte, princesita, no te hagas ilusiones que ya me dejaste de cama.

Sonrío.

-Eres nuestro amado-

Toma mi mano para ayudarme a entrar a la bañera. Me hago bola en medio del agua tibia. El Perro se arrodilla junto a la bañera y me pide que eche la cabeza hacia atrás.

Con el cuenco derrama agua sobre mi cabeza.

Sus movimientos son duros, firmes, algo torpes.

Aprieta el frasco de shampoo sobre mi cabeza. Me estruja el cuero cabelludo.

Dice: Cuando termine te va a rechinar la cabeza.

Me hace reír, tan niño y tan bestia, tan gentil también.

Me enjuaga la cabeza y repite todo porque su abuela le dijo que los peluqueros siempre te lavan la cabeza dos veces.

Amo al monstruo en él que lo hace extraño como yo.

No recordaba reír tanto. Toma el jabón y levanta mi brazo.

Dice: los sobacos siempre primero.

No puedo aguantar la risa, él sonríe desconcertado, no entiende de que me río. Me pone de pie para enjabonarme el resto del cuerpo. Mete su mano en mi entrepierna.

Dice: En esto me detengo un poco más.

“Eso sé lo robaste al viejo”, le digo.

Dice: sos muy astuta vos para ser una zorra.

“Ah, pero soy una inmaculada”

“Yo te estoy dejando inmaculada, sentate que te enjuago”

Derrama agua tibia sobre mi cuerpo, me envuelve con la toalla como a un nene, me seca. Escondo mi rostro mojado en su clavícula.

Digo: Yo quiero que me cuides por siempre, aunque seas medio bestia.

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