Quiero vivir.

Nunca fui tan dulce.

Nunca fui tan frágil.

Nunca fui tan vulnerable.

Me desconcierta.

Ese sexo devastador suyo que me deja emocionalmente indefensa.

Con su cuerpo sobre el mío, me penetra y me mira con enormes ojos de desesperación desesperada. Su cabello castaño y largo sobre mi, los labios entreabiertos. Soy una amapola entregada.

El Perro dice: ¿Por qué siempre tengo que estar solo?

Algo en mí se estremece y ese estremecimiento se convierte en orgasmo y mi orgasmo es su orgasmo. Somos la misma pregunta y el mismo orgasmo.

Dos criaturas descarnadas, una dentro de la otra.

Acostados, con los cuerpos lánguidos de sexo, con los rostros muy cerca, habitamos la intimidad. Me cuenta sobre su monstruo. Sobre cómo, algunas veces, su cabeza se tuerce y piensa mal, compulsivo. La realidad se deforma, todos son enemigos. Me cuenta que fue cruel muchas veces. Fue cruel con sus mujeres.

Debería tener miedo, debería huír de su pieza con piso de pinotea y extraños objetos perfectamente acomodados. Pero no tengo miedo.

Yo también pienso mal a veces.

El monstruo en él, el monstruo en mí.

Al menos nos encontramos.

Su cara y sus palabras: las pensé toda la noche.

Otra noche trunca. Me quedo en silencio porque me roba las palabras de la boca.

Yo quiero, yo quiero por siempre, darle cobijo en mi cuerpo.

Quiero su cabeza melenuda dormitando, cual niño salvaje, entre mis piernas.

Lo quiero dentro mío, llenándolo todo, como quien con desesperación busca un lugar donde morir.

Y que muera sobre mi pecho la pequeña muerte.

Abrazarlo, acariciarle el rostro, consolarlo.

Consolarlo de la muerte que acaba de morir y de todas las otras.

Y que no esté solo.

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