Soy un terreno arrasado, un mar de cenizas que llevo en el pecho de todos los puchos que me fumo pensando que va a ser de mí.

En el fondo de mi cabeza, como un ruido constante: el Perro.

En su risa infantil con perfectos dientes uno al lado del otro coronados por pequeños colmillos, tan juntos todos, ahí, pude ver su infinita esencia.

Igual a la mía.

Ahora, fumo, con ese extraño ruido de fondo que invade mi mundo de silencio y vacío.

La seguridad de sufrir un sufrimiento ya conocido, cómodo, estancado, que no dolerá nada nuevo.

Todo lo que no esperaba pero-

En mi cuarto me vuelvo sobre esta novedad, este dolor diferente, extraño. Creo que podría llamarse anhelo. De algún modo, tengo la necesidad imperiosa de lamer esos colmillos, enterrar mi hocico en ese pecho.

Es mi búfalo.

Y lloro.

Cada gesto, toda su puta anatomía, todo lo que exuda su esencia se me hace tan familiar, todo en mi idéntico.

Todo en mi idéntico.

Y deseo ¡Oh, Dios! deseo tocarlo, atravesar el espejo, reconocerme en él, no estar sola en ese lugar donde siempre estuve sola. Llevo siglos, vidas, eras añorándolo y no lo sabía.

Su monstruo igual a mi monstruo.

Alma de mi alma.

Yo te anhelo desde siempre.

Yo te reconocí al instante.

Ahora son mis colmillos.

¿Qué más cerca que devorarte?

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