-María, María en esta vida,

los hombres olvidan, las niñas no-

María querida, María mi amor, la libertad son mis muelas quebrando tu cuello.

Tus pétalos pútridos y babosos en mi hocico: ¿Es esto decir “vagina”?

El odio es la más retorcida forma de amor. Odio es el anhelo de aquello que repugna. El odio es moneda corriente. Si no me odiaras también, si no me odiaras con la misma intensidad, si no supieras que el odio es amor atrofiado, que necesitas saberte amada por mí, sino fuese así, María, esta cacería sería tan infructuosa y tan corriente como cualquier otra.

Pero estás ahí, del otro lado de la pantalla, olisqueando en el viento un dejo de mi olor. Porque te preguntas, María, te preguntas que tengo yo que no tengas vos, que es tan especial en mí como para que él haya tenido las agallas de dejarte después de cuatro años. Vos que lo hacías tan cobarde.

Sos tonta María, pensás que yo tengo la respuesta, pero yo sólo tengo la misma pregunta a la inversa.

Somos una simetría terrible, somos dos zorras atadas por la cola, somos la atrofia del amor, de todo lo bueno y puro de este mundo, somos un cáncer creciendo una dentro de la otra. Somos la certeza de alguien debe morir y de que alguien debe enloquecer para que el resto siga adelante.

Y yo, María, yo soy evidencia de todos tus defectos. Soy la intrusa devenida en esposa. Soy la piel blanca que enloquece tus ojos impestañados. Soy tu profecía autocumplida. Soy todas las cartas donde escribiste mi nombre y mi nombre era tu miedo.

Es más consolador convencerse de que Wen no ama, de que yo no amo, de que el mundo es una mentira y que vos fuiste lo único verdadero en él.

Puede que no tenga la respuesta a tu pregunta, pero  lo que sí puedo decirte, María querida corderito de dios, es que a los dieciséis yo me pasaba el día ingenuamente sentada sobre la pierna de Wen con el uniforme del colegio y las piernas bien abiertas y por la noche, mientras vos dormías a su lado, Wen se masturbaba en silencio con un dejo de mi tibieza.

Mi tibieza.

Mía, tibieza mía.

Esto es decir también mío, María, mío desde siempre.

Te lo cuento, María, porque sé que en esta vida, los hombres olvidan, las niñas no.

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