Espero en la puerta del bar. Me niego a entrar hasta que llegue. Probablemente porque no quiero que nadie se me acerque. Tal vez porque soy terca de un modo imbécil.

Espero.

Fumo.

-¿Qué, exactamente, esperás?-

Polita hermosa, princesa labios de fresa.

-¿Qué esperás?-

Dije: Estoy aburrida, llevame a un bar de malamuerte.

Ahora fumo sola de soledad infinita en la puerta de un bar de malamuerte.

La noche es cálida y la vereda anónima parece el único lugar correcto donde estar.

Es que, cuando te libras de vos misma, ¿Qué queda?

Entonces, lo veo acercarse. Llega apurado, algo molesto, dice que se retrasó porque me hizo galletitas. Me las ofrece como una extraña disculpa por algo que no comprendo. Me pide que las pruebe.

Yo no como, todo en mí está cerrado.

Pero insiste y, apenas la muerdo, se mete en el bar esperando que lo siga.

Le lleva media hora y una cerveza y media preguntar dónde está Wen.

Todas las personas que conocieron a la antigua Pola preguntan por él porque, en definitiva, nadie jamás me veía sin él a mi lado. Entonces debo decir algo diplomático que no tengo muy en claro que es y ver esos ojos de lástima que detesto ver.

Pero esta vez, simplemente digo: No está.

Y esta vez, no es lástima, es un brillo en sus ojos.

Dice: cuando estás incómoda te tocas el pelo.

Me estremezco. Lo siento en el cuerpo y me quedo quieta como un animal frente a un depredador esperando no ser vista.

-Pero es que, Pola, acabas de ser vista-

Dice: Yo también la pasé mal, las mujeres son todas unas putas.

Media sonrisa de Pola.

“Yo no soy una mujer.”

“¿Y qué sos?”

“Un monstruo.”

Llegan sus amigos y le doy otro trago a la cerveza para sacudirme la sensación de terror del cuerpo.

Todos hablan y difícilmente comprendo la conversación, algo en mi fue descubierto y ahora se repliega torpemente.

Entonces lo veo: Ríe como un niño con colmillos de lobo bebé y, a la vez, algo anciano en él. Su pelo largo y marrón. Su remera de Slayer, su borcego derecho apoyado sobre su rodilla izquierda.

Es un Búfalo.

No puedo evitar acercar mi silla. Lo veo cuando nota que su borcego y su rodilla están prácticamente entre mis piernas y nos miramos con una extraña complicidad porque nos conocemos hace eras y milenios. Hablamos de libros. Hablamos de cosas que no puedo saber porque estoy demasiado consciente de su cercanía y muero por morder su boca y enterrar mi cara en su pecho y tocarlo de todas las formas en las que alguien puede ser tocado.

Pero debo contenerme.

Porque es y no es lo que esperaba.

Porque la vereda anónima sigue siendo el único lugar seguro que conozco.

Porque el nivel de excitación en mi cuerpo me aterra.

Decido tomar un taxi, huir lo más rápido posible a la trinchera que es la habitación muerta que me espera en casa.

Es demasiado.

Dice: Huís en limusina, no sos una mujer cualquiera, sos una princesita.

Digo: Y vos sos un Perro lanudo.

Digo: Chau, Perro.

-Te dímos un nombre-

Ríe su risa de niño.

Subo al taxi.

Mierda, lo amo.

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