Los que no saben ver y los que no quieren ver.

Sola, en mi cabeza, enloquezco.

El monstruo me posee.

El monstruo sale al mundo.

Dentro de mi, Polita, sola por siempre.

Ya no hay un ser humano lo suficientemente cerca como para conectarme con el mundo.

Sólo somos el monstruo y yo.

A veces pienso que el monstruo lo hizo, que me quiere sólo para él y por eso detesta a todos los hombres.

A veces pienso que sólo el monstruo me comprende y me protege. Porque es imposible no herirme. Frágil como una las alas de una mariposa, con estos ojos de Juana de Arco que todo lo ven, puedo percibir el instante, la más ínfima distancia, el pensamiento infiel, el más mínimo rechazo.

¿Quién podría soportar semejante cosa? Sus intenciones desnudas, ser el eterno victimario.

Entonces, el monstruo toma el control y abre su boca llena de dientes, muerde y humilla y me jura que es para protegerme.

Descubro que no tengo amantes, tengo enemigos.

Los veo huír, cobardes, del monstruo que es siempre el espejo más cruel.

Espejo que conozco bien, porque se vuelve sobre mi también.

Y me odio.

Si pudiera pedir un deseo, sería la ignorancia.

Hundida en el agua de la bañera, siempre imagino que estoy en el útero de mi madre.

No quiero ser vista, no quiero existir allá afuera. Todo es demasiado doloroso.

El monstruo dice: “El infierno es el otro”.

 

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