Si preguntarán porqué me las ingenio para volver del bar todas las noches sola a casa a una cama vacía. Esta es la respuesta:

La inmensa paz de dormir entre ausencias.

No-hay-nadie.

Las ausencias son maleables, las personas no.

Lo convierto en exacto lo que debió ser.

Entonces yo también soy la ausencia.

Voy al baño, prendo la ducha. Espero sentada en el inodoro a que el ambiente se llene de vapor.

Mi ropa huele a perfume de hombre.

Me asquea. Me saco la ropa y me meto a la ducha. Despacio, lavo mi cuerpo. Ya estoy en casa. Nada afuera existe, sólo hay agua. Me acuesto en el piso de la bañera y puedo sentir que estoy en el útero de mi madre. Nada sucede aún. Nada está roto. Nada duele. Mi mundo es lo suficientemente pequeño.

Olvidar que amé y fui amada.

Olvidar mi propio rostro, estos brazos y el precio del amor.

Seco mi cuerpo, lo visto con cremas. Un mejor aroma en mi piel. Uno que elijo yo.

En mi habitación.

Estas cuatro paredes, mis cosas y estos objetos intrusos, muertos, que reclaman su entierro bajo mi cama.

-La mujer que dormía sobre sus muertos y soñaba con un camino de grava –

Vas a estar bien, Polita, todo es un poco confuso a veces.

Esas únicas palabras que te dijo tu abuelo: “Un hombre que de verdad te ama-”

No, no pueden ser pronunciadas jamás.

Me acerco a la computadora.

Enciendo la cámara, me veo en la pantalla.

-Esta es quien somos –

Timer.

5.

Ya estás en casa.

4.

Nadie más está aquí.

3.

El mundo no te duele.

2.

La bola en el pecho se convierte en un agujero negro.

1.

Nada vive.

Suena la ráfaga de fotos.

Esta fuiste hoy.

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