Dicen: “sos mala, sos una enfermita”.

Te lo dicen desde chiquita.

Y vos les crees, les crees porque sos una criatura y ellos son adultos y son los que lo saben todo.

Entonces vienen los psicólogos, los psiquiatras, las pastillas, las pichicatas.

-Eres una criatura enferma –

Aprendés eso, que el problema sos vos, que sos la portadora de la culpa.

Y es mentira, pero ya es demasiado tarde, no lográs convencerte a vos misma de que es una mentira, porque es una mentira demasiado arraigada.

-Tal vez sólo eres una criatura sensible –

Tal vez sólo sos demasiado perceptiva, ¿Qué niño puede tolerar todo ese conocimiento?

Cuando ves la ira en la cara de tu padre y sabés, sabés que no es con vos que sólo se está descargando. O cuando sospechas ese horrible secreto familiar en los silencios de tu abuela, sus labios apretados y todos evaden tus preguntas.

Tal vez sólo es que la negación, la barrera de la censura, son más lábiles en tu psiquis y el subconsciente como una criatura extraña te devana los sesos.

Entonces lo podés sentir, lo podés escuchar: el monstruo.

Todo lo patológico en vos, todo lo enfermo en vos, es sólo un niño muerto de tu niñez muerta, que te susurra al oído todo eso que no querés ver porque nadie lo quiere ver.

No te deja en paz hasta que lo gritás.

Entonces: los psicólogos, las pastillas, los psiquiatras.

Tal vez todos ellos tengan razón.

 

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