Ella, viuda del primer muerto que me cargué a la espalda.

En el principio, fui su objeto.

-Su muñeca, su favorita, la única nieta mujer-

En el principio, fui el objeto de su seducción.

-La criatura consentida de la criatura consentida: “Sé igual a mi”-

Y ella, ella siempre fue mis manos, el reflejo envejecido de mi rostro y todos mis temores.

Desde el principio nunca fue suficiente amor, nunca para ella.

Dormí tomada de su mano. Manos preciosas de dedos finos y uñas largas. Manos que son sublimes todavía.

Escuché ávida todas sus historias acerca de cómo los hombres enloquecían uno tras otro por ella y ella reía, se reía de ellos, reía belleza a carcajadas.

Mordí la fruta del conocimiento que puso en mi boca, me atoré, me atraganté, me asfixié, morí mi niñez para ella.

Ella, la seductora, me seducía entonces con sus relatos fantásticos, me peinaba, me vestía, decía: “Acariciá mi cuerpo, tomá mi mano, amame más que a nadie en este mundo, sos mi niña”.

Viuda de luto eterno, nunca es suficiente amor, siempre pide más, como un niño insaciable, se compadece de sí misma y dice: “soy frágil”. Se vuelve delicada, te rodea, te ama, te asfixia, te aplasta.

-Amame más-

Y yo la amé.

Y después de amarla, la odié, como a todas las que vendrían después de ella. Temí ser ella, que todo lo que ama destruye, mata, condenada tanto a amar como a ser una criatura asesina.

La perdoné, al final todos la perdonamos. Siempre conmovedoramente hermosa a pesar de los años, aún más con los años, enferma de una belleza inolvidable.

Y al perdonarla las perdonaría a todas, todas las que serían como ella. Casi que me perdone a mí misma por ser ella destruyéndolo todo.

Siempre que la visito, muy de vez en cuando, me acuesto a su lado, acaricio sus manos. Sé que temo perderla, devolverla al muerto.

Ella me hizo a su imagen y semejanza. Todo de ella, lo aprendí. Temo perder su imagen, temo perder esa carne que me es familiar. Temo que se pierda su existencia en el mundo que es la única igual a mi existencia, su rostro igual al mío, sus manos iguales a las mías. Los ojos a través de los cuales me comprendo.

Digo: “Por favor, no mueras abuela”.

Si murieras conocería la soledad que te arrullaba antes de mí y que justificó todo el daño.

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