No puedo saber cuanto tiempo pasó, es como mi cuerpo hubiese sido erosionado por eras y eras de vientos.

Algo en mi pecho se contrae y duele. Entonces su nombre, Wen, aparece en mi computadora como una pequeña hilacha roja de la cual tiro y tiro y trae fotos de él sonriente con amigos, haciendo viajes que jamás hubiese soñado a mi lado y me entero de que existe allá afuera y comete el pecado de seguir viviendo después de dejarme.

Sonríe para las fotos.

Mientras que yo, abandonada, rechazada y humillada, me escondo en mi agujero, congelo el tiempo, habito este campo arrasado con mis ilusiones hechas ceniza que se pega a mis pulmones y respiro seco y duro, respiro muerte y desamor y ya no puedo sentir nada que no sea ceniza.

Y él, sonríe en cada puta foto.

Lo veo ser un extraño para mi. Lo veo ser esta persona desconocida que no es, ni se parece al dulce niño que acunaba entre mis piernas, a mi compañero, a ése que me era tan propio que tuve que arrancarme todas las tripas para separarme de él.

Mi marido.

Mi amante.

Mi amigo.

Mi hijo.

Mi hermano.

-¿Qué hemos hecho?-

El hilo rojo se corta ¿Cuál de estas mujeres en las fotos junto a él ocupa ahora mi lugar?

Este es el instante en el que descubro que no hay vuelta atrás, nunca volveremos a ser esos que se amaron. Mi cuerpo se siente desamparado. Mi piel siente la huella de su tacto. Todavía recuerdo la sensación de su abrazo, que era mi único lugar en este mundo.

Eras mi lugar en el mundo.

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