Uno de mis primeros recuerdos de la infancia. El primer conocimiento de culpa: niña, tu curiosidad te ha llevado a realizar con total ingenuidad algo que los adultos consideran aberrante.

Polita tiene 5 años.

Polita entra al baño del jardín de la mano con la niña de rizos rubios.

Se bajan los pantalones y, como todos los días, se turnan para apoyar las rodillas sucias en el suelo frío y besar el rosado clítoris.

Sonríen, la niña de rizos rubios sonríe. El tacto de la delgadísima piel en los labios, como una fruta.

Talco y sal.

Talco y sal hasta que un día la puerta del baño se abre y la figura de la directora se recorta en la luz del exterior, hasta que los padres son informados y Polita aprende que hay cosas que están mal, simplemente están mal.

La corrupción invade a la niña, y si no es culpa de un agente externo, ¿De quién es la culpa?

La niña ve la pregunta en los ojos de su padre. Freud dice: “perversa polimorfa” y sonríe desde algún lugar.

Eso no tiene nombre, eso es: “ESTÁ MAL”.

-Dame un nombre, un nuevo nombre para la niña sucia que soy y jamás vuelvas a llamarme de otra forma.-

La mente de Polita se estructura. La niña de rizos rubios se convierte en la primera mujer, el objeto deseado y detestado.

Luego, buscar y maltratar a la niña de los rizos rubios durante el resto del tiempo compartido en el mismo colegio.

Buscarla para rechazarla y volverla a buscar.

Ser, por primera vez, el chivo expiatorio, la que carga con la culpa, la que trae la corrupción al hogar.

Todo mal, podría haberse predicho. Todas serían reemplazos de la niña de los rizos rubios.

Todo fue la misma escena repitiéndose una y otra vez y no quise verlo.

No quise verlo.

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