No se sabe si su caer fue un caer de la gracia de los dioses o si una curiosidad imperativa fue la que la llevó a acercarse demasiado al borde del abismo, precipitando su descenso a la tierra y a la humanidad más carnal de todas.

En mi habitación, no como, no duermo, no me baño: pinto.

El lienzo de 50x50cm forma en cuadrado perfecto, los cuadrados me hacen sentir tranquila.

Pinto a la Juana de Arco en mÍ.

Mi torso desnudo, blanco sobre el fondo negro, con los brazos apoyados sobre la cruz, porque no, nadie me clavó ahí, yo trepé a ese pedestal, pedestal que supo ser también una cruz.  

De ese pedestal, también, me lancé de cabeza.

-Un salto al vacío-

El pelo corto cobrizo, los ojos blancos que lo ven todo y te siguen no importa dónde te pares. El halo dorado y una franja roja arriba y abajo, por la sangre derramada en esta guerra.

Esta fui para Wen. Un Cristo, una iluminada, una guerrera.

Pero siempre, los mismos colores de los que no puedo escapar: negro, rojo, blanco.

Tres corazones.

Como los gatos que tienen nueve vidas.

Tres corazones.

Uno menos.

 

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