Poco antes de que el Padre de mi madre muriera repentinamente de un ataque cardíaco, fui a su casa a hablar con él. Esto era increíblemente infrecuente, yo sólo iba a su casa cuando había una multitudinaria reunión familia.

Nunca fui sola a su casa.

Nunca hablamos.

Fui sola a su casa a hablar.

Me senté en la mesa de la cocina con él mientras mi abuela ordenaba el comedor.

Dije: ¿Es que no me ves? ¿No ves estos brazos todos cortados? Jamás dijiste nada, jamás preguntaste si estoy bien, es demencial, ¿Quién hace eso?

-Los ojos de Dios que no toleran verte-

Se levanta de la mesa y se va de la cocina. Quedo sola, temblando de adrenalina. Merezco una respuesta, merezco ser vista y oída y existir.

-Lo que los ojos de Dios no ven, no existe-

Tengo llanto e indignación atorados en la garganta, pero estoy demasiado furiosa y aterrada como para moverme.

Entra mi abuela y me dice que para él es difícil hablar de cosas, que es un hombre muy cerrado, pero que me quede tranquila que ella va a hablar con él y él va a volver a la cocina.

Con los dientes apretados, con la mandíbula tensa, espero.

Llevo años esperando.

-¿Qué hay de malo en mi?-

Entra a la cocina con los ojos pegados al piso, sin mirarme.

Dice: Siempre fuiste diferente a tus primas, desde chica. Nunca supimos cómo tratarte.

Me quedo helada. Soy el huevo de cocodrilo en el gallinero. Las gallinas pican con saña todo lo que nace deforme o diferente. Las gallinas son seres inseguros y temerosos. Yo soy un cocodrilo, tengo dientes.

Soy un monstruo.

Siempre me tuvieron miedo.

Dice después: Pero tus primas, tus primas se van a casar con cristianos y van a quedarse encerradas en sus casas cristianas. Vos, vos saliste al mundo. No supe tratarte, pero sé qué de todos vos sos la que puede llevar algo bueno al mundo. Esa es tu responsabilidad.

-Tu carga-

Tal vez era mejor no saber.

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