Cuando las cosas en mi casa se tornaban intolerables, huía a la casa de la Seductora madre de mi padre.

Desde que enviudó, cuando yo tenía seis años, vive en un amplio departamento de dos ambientes, con las paredes cubiertas de cuadros franceses que retratan arlequines y prostitutas enseñando las piernas debajo de sus polleras can can.

El departamento esta atiborrado de muebles, que están atiborrados de adornos: jarrones de cristal, elaborados abanicos españoles, platería, vajilla fina, pequeñas cajitas de plata nacaradas, ceniceros de bronce, fotos de su marido en delicados portarretratos de plata e innumerables recuerdos de sus viajes por Europa con mi abuelo.

Mi favorita es la inmensa, pesada y majestuosa araña que cuelga sobre la mesa del comedor.

Desde la muerte de mi abuelo, la Seductora clama a los cuatro vientos que no puede mantenerse de pie a pesar de que los médicos no le encontraron nada. Por lo tanto, cuando no hay nadie para arrastrarla de un lugar al otro, pasa la mayor parte del tiempo en su habitación y es atendida durante el día por dos muchachas.

Cómo hace para ir al baño por las noches es un misterio, pero sus sábanas siempre amanecen impecables, una mujer de su alcurnia jamás se permitiría otra cosa.

Cuando llego, siempre la encuentro perfectamente maquillada, elegantemente vestida y famélica de atención.

Para su desgracia y también la mía, yo vengo a estar sola.

A pesar del fastidio que me provoca, en ocasiones despierta mi compasión.

En días como esos la llevo al comedor y me paso la tarde jugando a la canasta con ella y fumando los cigarrillos de Yves Saint Laurent que trajo de Europa hace mil años.

Me cuenta historias como la vez que fue al hipódromo con mi abuelo, y ese día su caballo ganó porque ella le trajo suerte.

La Seductora dice: Tu abuelo siempre me tuvo como a una reina.

La Seductora dice: Buscate un marido con dinero, el día que estés contando las moneditas vas a ver que lo de “contigo pan y cebolla” no existe.

Para cuando cae la noche ya me enterneció.  La llevo al dormitorio y preparo la bandeja con el té, las galletitas y algún alfajor. Ella solo come golosinas y porquerías, mi abuelo la trataba como a una nena y ella ya no sabe ser otra cosa. Me compadezco de ella que perdió su lugar de criatura consentida.

Pienso que es entendible que al enviudar se haya acabado su vida, que de ahí en más todo haya sido aferrarse al recuerdo de su marido, idealizado por la muerte y el tiempo.

Finalmente me voy al living comedor a disfrutar mi tan necesario momento de soledad. Me sumerjo en el sillón a leer y escribir mi diario, mientras le doy unos besos a su botella de whisky más cara.

Al final del día vine huyendo de mi casa para embeberme de lleno de otro destino del cual huir.

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