Todas las noches, desde el día en que Wen me dejó, sueño el mismo sueño. Me encuentro a mí misma caminando  desnuda y sucia por el camino de grava naranja de un country. Alrededor hay casas hermosas y árboles, las personas cortan el pasto y pasean a sus perros. Yo camino arrastrando los pies por la grava con los brazos tan cortados que los pedazos de piel cuelgan.

Mis brazos hechos jirones.

Camino lento, resignada, esperando encontrarme con mi familia, con algo, mientras la gente demasiado bronceada y con ropa deportiva continúa sus actividades como si no me vieran ¿Es esto un presagio de invisibilidad? Me concentro en el camino de grava naranja, en poner un pie delante del otro. No sé me ocurre preguntarme porqué estoy así.

Me despierto, me toco y no siento nada.

Entonces tengo la vaga sensación de que vivía en un pedestal, de haber sido alguien que durante las noches construía un pedestal al cual trepaba durante el día.

Fue un error, no había necesidad de la torre de Babel, ya estaba entre los dioses, lo tenía todo, porque cualquier cosa es todo frente a esta nada.

Tal vez cuando tenes todo te da miedo perderlo.

O tal vez no podés resistir el impulso de destruirlo.

No paro de pensar en ese video que ví hace años, donde un policía Tailandés es atropellado y su torso queda separado del resto de su cuerpo. De alguna manera sigue vivo, sigue vivo e intenta alcanzar las piernas, juntar las partes.

El estado de shock.  

El estupor.

Querer juntar partes que ya no pueden juntarse.

Sigo viva.

No tiene arreglo.

No tengo palabras que le hagan justicia a esta destrucción.

Todo en mi.

Todo está muerto.

Me toco y no siento nada.

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