Durante el día, vivo para Wen.


Cuando cae la tarde, Wen se mete a la ducha conmigo y yo me hago bola a sus pies, sentada sobre mi culo. 
Siempre me ducho sentada, desde que era una nena, para pensar mejor. Cuando esta él, siento el impulso de enredar los brazos en sus pantorrillas, clavar mis dedos en sus piernas, me desespero por abarcar, retener, poseer.

¡Oh Dios, como me desespero!, ¡Oh Dios, no me dejes sola!

-Ramas truncas-

Como si se supiera Dueño y Señor, el verme ahí echada a sus pies sumida en la desesperación lo excita. Puedo sentir suavemente su cuerpo moverse, vibrar hacia delante y hacia atrás. Levanto el rostro y el agua de la ducha golpea fuerte mi cara, no puedo abrir los ojos, no puedo ver, pero se por cierto que se masturba lentamente y me mira fijo. Imagino en su boca una sonrisa incipiente: éste es el instante en que se sabe malvado.


Al final del día simplemente es Wen, perverso polimorfo, que se masturba lentamente y me mira.

Yo, que no veo pero sé, siempre sé, saco mi lengua, tomo el agua que cae de sus piernas, se la devuelvo, lo beso, clavo aún más mis dedos y por momentos sólo dejo mi rostro ahí: ciego, entregado y golpeado por el agua, para que vea y sea su complacencia.

Estiro mi brazo lentamente, tomo el jabón que siempre me asqueó de sólo pensar que lo usa el resto de su familia, y me lo llevo a la entrepierna, jugando mi última carta.

-Media sonrisa de Pola-

Vibra él, vibro yo. La fórmula es bastante sencilla.

El jabón ahora es mío, más mío que nada.

Vibra él, vibro yo y no dejo de beber el agua de sus piernas hasta que sé, simplemente sé, que esto pronto va a culminar para mí y para él y es necesario que mi rostro este ahí, exhibido con los ojos cerrados de agua, con la boca entreabierta de agua, el rostro sumiso de agua, para que su perversión bendita, culmine ahí donde se inició todo: en mi cerrar los ojos y tragar.

Cuando Wen acaba, el mundo simplemente se reduce a mi brazo temblando agotado las últimas notas del orgasmo mientras devuelve el jabón a su lugar.

Un guiño a alguien que me ve por las noches rascarme las heridas.

Una diablura que me roba la otra media sonrisa.


Al menos ahora tengo la certeza de que su jabón me pertenece.

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